Tras el fallecimiento de Evita, el 26 de julio de 1952, Juan Domingo Perón le encargó la conservación de su cuerpo a un prestigioso anatomista español llamado Pedro Ara Sarriá, con la intención de que sus restos embalsamados descansaran en el Monumento al Descamisado, un gigantesco mausoleo de cierto estilo soviético, que provocativamente iba a ser emplazado en pleno barrio de la Recoleta.
Sin embargo, el derrocamiento de Perón, tres años después, a manos de la autodenominada "Revolución Libertadora", cambió radicalmente no solamente el destino del monumento sino también el del propio cuerpo de Evita, dando origen a uno de los episodios más siniestros de nuestra historia y convirtiendo a una pequeña flor violeta, la "no me olvides", en uno de los símbolos más persistentes y “poéticos” de la lealtad peronista.
Una de las primeras medidas de la “Libertadora” fue promulgar el decreto 4161, una medida que prohibía la pronunciación del nombre de Perón y el de Eva (de cuyo nacimiento hoy se cumplen 107 años), así como todos los apodos populares que les habían dado (Pocho, El General, Capitana, Abanderada de los humildes…). La censura se aplicó también a la palabra "Justicialismo" y a la exhibición de cualquier símbolo que representara al gobierno derrocado, estableciendo penas de cárcel de seis meses o más para los infractores.