El interrogante respecto de su porvenir en la Selección sigue abierto porque en sus únicas -y digitales- palabras no hay ni un indicio que empuje a confirmar un cierre de ciclo. Es cierto: el dolor de la caída todavía se siente caliente y no parecen ser momentos proficuos para salir a anunciar ni negar decisiones. Pero hay otra verdad: Messi no acostumbra a comunicar sus resoluciones con palabras, más bien el público tiene la confirmación de sus movimientos recién cuando los ejecuta.
El ejemplo más genuino es el Mundial que acaba de apagarse: durante los cuatro años previos, después de la consagración en Qatar 2022, se cansaron de preguntarle si jugaría en 2026. En el medio transitó las eliminatorias y hasta ganó su segunda Copa América en 2024. Las réplicas siempre estuvieron relacionadas al día a día y a sus sensaciones con las respuestas de su cuerpo: nunca confirmó ni desestimó su presencia, sino que un día, sin estridencias, apareció en la lista de convocados. Messi no afirma y tampoco rechaza: ni siquiera se atrevió a descartar un eventual séptimo Mundial en 2030, cuando cumplirá 43 años.
El enigma de su futuro con la camiseta celeste y blanca también se sostiene entre otros dos ángulos: la incredulidad que gira alrededor de que su última imagen con la Selección haya sido la derrota en la final del mundo y las versiones que emergieron de una reactivación de la Finalissima en Qatar, el postergado partido entre España y Argentina -los campeones de Europa y América- que ahora surgiría como una suerte de revancha y que, suspendido en marzo por la Guerra de Medio Oriente, podría desarrollarse en noviembre, durante la última ventana FIFA del año.
Cuesta creer que Messi haya cerrado su película con la Selección si tuviera la certeza de que habrá un episodio más, con un valioso título en juego contra España, dentro de apenas cuatro meses. Forma parte de todo lo que Messi no dijo, porque en tiempos de conclusiones importantes, con los botines puestos y sin ellos, casi nunca decide avisar antes de ejecutar.