Había toda una dinámica propia del exterminio. Los secuestrados que iban a ser “trasladados” eran preparados. Se los separaba de la cuadra donde estaba el resto de sus compañeros. Les ponían una venda en los ojos y una mordaza en la boca para que no pudieran gritar. Les sujetaban también las manos por detrás. Después eran subidos a un camión Mercedes-Benz. Con jactancia de su perversidad, los represores hablaban de los “Menéndez Benz” porque eran los vehículos que estaban al servicio de Luciano Benjamín Menéndez, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército.
En los primeros meses de la dictadura, los traslados eran masivos. Las trasladadas podían ser entre 60 o 70 personas. Con el paso del tiempo, el número fue menguando. Los camiones solían llegar a las tres o cuatro de la tarde, cargaban a los prisioneros que serían asesinados y partían. En general, estaban de regreso en un lapso breve: entre 20 y 30 minutos. “Lo que daba la idea de que el lugar de fusilamiento estaba dentro de los terrenos de la misma guarnición militar”, dejó establecido el tribunal oral que estuvo a cargo de la megacausa La Perla.
Hubo militares que hablaron sobre la metodología de exterminio en La Perla. Uno de ellos fue el teniente coronel Guillermo Enrique Bruno Laborda, quien en 2004 presentó un reclamo porque no había sido ascendido a coronel. En ese escrito, Bruno Laborda reconoció haber actuado en La Perla e intervenido en tres fusilamientos —incluido el de una mujer que acababa de parir—. En su descargo, detalló que después de las ejecuciones arrojaban el cuerpo en un pozo y le prendían fuego. También afirmó que había participado “activamente” en la remoción de los cadáveres en 1979, meses antes de que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) visitara el país para documentar las denuncias contra la dictadura. Según la versión de Bruno Laborda, se usaron máquinas del Batallón de Ingenieros de Construcciones 141 para sacar los restos, que luego eran “compactados” y arrojados en las proximidades de una salina de La Rioja.
Existieron también vecinos que vieron cuál era la dinámica. Tal fue el caso de José Julián Solanille, un trabajador rural que se acercó a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) y declaró luego en los juicios. Solanille habló de los camiones que se iban hacia la Loma del Torito, las explosiones que se escuchaban después y de los enterramientos que él mismo llegó a contabilizar.
El trabajo del EAAF
Entre septiembre y noviembre del año pasado, el EAAF estuvo excavando en la zona de Loma del Torito, que se encuentra dentro del predio militar de La Calera. En la zona lindera a La Perla existieron búsquedas desde 2004, pero nunca de esta magnitud. En 2014, el EAAF logró identificar a cuatro estudiantes cuyos restos fueron encontrados en los hornos de cal de La Ochoa.
Otra novedad fue el acceso a fotografías aéreas de 1979 —que mostraban los cambios en el terreno de los que habían hablado Bruno Laborda y otros militares— que fueron analizadas por el Equipo de Geología Forense de la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC).
En el comunicado que emitió el juzgado de Vaca Narvaja se habla de “resultados parciales”, lo que da cuenta de que se podría estar trabajando en la identificación de otras víctimas. Desde el EAAF resaltaron la importancia de que las familias de personas desaparecidas actualicen sus datos de contacto.